Este artículo de opinión ha sido escrito por Julia Ehrt, directora ejecutiva de ILGA Mundo, y se publicó originalmente en el Washington Blade.
A pocos pasos de donde vivo, hay un huerto comunitario. Personas de todas las edades pueden participar en el diseño de sus espacios y aprender a cultivar plantas. Juntas, construyen y mantienen el espacio en beneficio de toda la comunidad.
La democracia funciona de la misma manera. Florece cuando las personas pueden aportar su energía, sus conocimientos y su presencia al terreno común. Funciona precisamente porque la mayoría de nosotres queremos fomentar vecindarios donde toda vida pueda prosperar — sin importar dónde vivamos, el color de nuestra piel o la comida que disfrutamos en nuestras mesas.
Pero hoy en día, en todo el mundo, los movimientos políticos y los gobiernos reaccionarios están envenenando nuestros jardines con las malezas invasivas de sus políticas autoritarias y su legislación excluyente. Según el CIVICUS Monitor, el setenta y tres por ciento de la población mundial vive en países donde los gobiernos reprimen las libertades fundamentales de la sociedad civil.
A estas alturas, ya conocemos el guion. Cada vez que los autoritarios se apoderan de nuestro jardín común, expulsan primero a quienes consideran prescindibles. Muy a menudo, las personas LGBTI, racializadas y migrantes se encuentran en primera línea para capear la tormenta.
Hace apenas medio siglo, las victorias que ha obtenido nuestro movimiento parecían impensables. Pero esos avances siempre están en juego, siempre a una elección de distancia de que el hombre fuerte del momento decida deshacerlos.
El 17 de mayo de 1990, la Organización Mundial de la Salud eliminó la homosexualidad de la Clasificación Internacional de Enfermedades (casi 30 años después, también en mayo, se eliminó el «trastorno de identidad de género»). El mundo celebra este aniversario cada año como el Día Internacional contra la LGBTI-fobia. Este fue un hito en la lucha global por los derechos de las personas LGBTI. En aquel entonces, 114 países y territorios de todo el mundo aún criminalizaban los actos sexuales consensuales entre personas del mismo sexo. Hoy en día, 65 de ellos siguen manteniendo esas leyes.
El progreso ha sido constante. Pero en 2025, por primera vez en años, ese número comenzó a crecer de nuevo. Burkina Faso promulgó por primera vez en su historia una ley de criminalización. Trinidad y Tobago revirtió los avances recientes. Senegal endureció aún más la amenaza tras años de violencia creciente.
La obsesión de los legisladores y responsables políticos con los cuerpos de las personas se ha traducido en ataques paroxísticos contra las personas trans e intersex —desde los 771 proyectos de ley que se están debatiendo actualmente en los Estados Unidos, hasta la vergonzosa y errónea política del Comité Olímpico Internacional de reintroducir las pruebas de sexo y prohibir que las atletas trans e intersex compitan en la categoría femenina.
¿Y no resulta realmente irónico que los legisladores de todo el mundo dediquen tantos esfuerzos a expulsar a las personas LGBTI de los espacios públicos, cuando al menos 61 Estados miembros de la ONU siguen teniendo barreras legales que impiden que las organizaciones de la sociedad civil que trabajan en temas de diversidad sexual, de género y corporal se registren y operen formalmente?
Les politólogües Phillip Ayoub y Kristina Stoeckl, en un artículo publicado en el Journal of Democracy, demuestran que los gobiernos antiliberales recurren deliberadamente a la LGBTI-fobia de Estado para movilizar a sus bases electorales y presentar la democracia liberal como una amenaza cultural. Estos gobiernos utilizan el pluralismo democrático como arma en interminables guerras culturales.
El manual de estrategias pasa de un autoritario a otro, como demostró el activista Rémy Bonny. Lo que comenzó en Rusia en 2013, con una ley contra la «promoción de relaciones sexuales no tradicionales», se ha convertido en un patrón que los líderes antiliberales de todo el mundo utilizan para silenciar a la oposición y ganar influencia internacional entre los conservadores.
Lo que hace que esta estrategia sea particularmente cruel es la forma en que enfrenta entre sí a los grupos discriminados. Una y otra vez, las personas reaccionarias en el poder hablan de «proteger a las mujeres» solo para atacar a las personas trans e intersex — fabricando conflictos entre comunidades que, en realidad, comparten una lucha común por proteger la libertad de decidir sobre sus propios cuerpos.
Siempre que los gobiernos necesitan distraer al público de su incapacidad para crear un mundo mejor para todes, necesitan un chivo expiatorio. La mayoría de las veces, son las personas LGBTI. A menudo, son quienes luchan por abortos seguros o contra el racismo. Otras veces, son quienes abogan por relaciones respetuosas con nuestra tierra y los recursos naturales. Pero los ataques nunca se limitan a un solo movimiento. ¿Un ejemplo concreto? Hace apenas diez días, un gobierno cedió a la influencia extranjera y canceló el mayor encuentro mundial sobre derechos humanos en la era digital.
En ILGA Mundo, servimos y trabajamos con las comunidades LGBTI a nivel mundial. Sabemos que, una y otra vez, las personas LGBTI se han resistido a estas amenazas, se han arremangado junto a todas las personas de bien que se preocupan por sus comunidades y han sembrado las semillas del cambio.
Este año, el mundo se unirá para celebrar el 17 de mayo bajo el lema «En el corazón de la democracia». Porque, por muy desilusionades que podamos estar con el concepto, en el fondo, la mayoría de nosotres creemos que todas las personas merecemos un espacio donde podamos sentirnos seguras y prosperar. Y juntes, podemos contribuir al hermoso jardín comunitario compartido que nos merecemos.